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Thomas A. Davis - La Conciencia y la Culpa.-El Gusano Que Consume

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Thomas A. Davis - La Conciencia y la Culpa.-El Gusano Que Consume  Empty Thomas A. Davis - La Conciencia y la Culpa.-El Gusano Que Consume

Mensaje  PREDICADOR Dom Mar 25, 2012 6:44 pm

Thomas A. Davis - La Conciencia y la Culpa.-El Gusano Que Consume

A menudo, cuando pienso en la conciencia, viene a mi mente un cuadro que vi en un libro en una librería pública muchos años atrás. El escenario está oscuro, un corredor abovedado de un castillo Moro. Un Moro, vestido a la usanza de aquellos tiempos, está corriendo a lo largo del corredor hacia la puerta del castillo, como si su vida dependiese de su prisa. Cerca de él corre otra figura. Es una exacta duplica de la primera, excepto en que es un poco borrosa y transparente, lo que nosotros llamaríamos fantasmagórica. El cuadro se titulaba “La Conciencia”.
Una conciencia culpable a veces es como un terrible vengador que persigue muy de cerca donde quiera que uno trate de huir de las acusaciones de los hechos malos cometidos. Puede aun llevarnos al pánico. Por otro lado, una conciencia culpable puede paralizar la acción, cuando ésta es imperativa.
La culpa es como un gusano que consume la paz mental y la felicidad, y a veces destruye la salud mental y física.
Un sentimiento de culpa, un sentido de condenación mezclado con ansiedad, puede socavar el ánimo del hombre más fuerte y hacer de él un cobarde. Puede rendir impotente al hombre más fuerte, y amilanar la voluntad más férrea. Fue Shakespeare, creo, que escribió, “la conciencia nos hace cobardes a todos nosotros”, refiriéndose, desde luego, a una conciencia culpable. Y alguien ha expresado un pen-samiento similar en estas palabras: “Un hombre es débil cuando su conciencia está al lado de sus acu-sadores”.
En su libro “Flecha en la Soledad”, Arthur Koestler muestra patéticamente la continuidad de la ansiedad y de la culpa en la vida de multitudes en el mundo: “Esta última aprensión, la advertencia de la culpa y del castigo inminente, parece estar siempre presente, como el ritmo sincopado (repetitivo) de las olas a lo largo de la playa. Aun cuando hay voces debajo de la ventana abierta y carcajadas en el muelle que están dispuestas a perdonar, pero cuando cesan las carcajadas y se silencian las voces, el trueno amortiguado se hincha nuevamente y uno comprende que ha estado siempre presente, y que las olas nunca pararán de golpear sus cabezas contra las rocas del muelle”.
Con algunos de estos sentimientos de culpa siempre presentes, puede ser más de la naturaleza de una enfermedad crónica, que uno aprende a vivir con ellos, dependiendo de la manera o del grado en que ellos violan la conciencia, y de la sensibilidad de la conciencia. Los sentimientos pueden ser tem-porariamente dejados a un lado y olvidados.
Hay otros cuyos problemas de culpa son más clamorosos y atormentadores. Son muy insistentes como para ser obscurecidos por las carcajadas y por las voces.
Una persona en esta condición casi siempre seguirá un curso que lo llevará al fracaso con grandes problemas, tal como le sucedió a un amigo mío. Era un Canadiense, que había sido enseñado con algu-nos principios religiosos, que finalmente él sintió que le eran restrictivos. De tal manera que él los fue descartando gradualmente, o trató de hacerlo. Ingresó a la Policía Montada del Canadá y se graduó co-mo uno de los primeros de su curso. A su debido tiempo fue designado a un cuartel en las playas de la Bahía Hudson.
Las próximas noticias que yo tuve de él, fue que había sufrido un ataque nervioso y había pasado un tiempo en el hospital.
Un par de mese después de haber aprendido esto, estaba pasando por la ciudad donde él había re-cibido tratamiento, de tal manera que pasé por el hospital donde él había estado y hablé con el doctor que lo había tratado.
El doctor, un psiquiatra, era bien secular en sus pensamientos. Su explicación se refería al efecto que mi amigo había estado tratando de inhibir, debido a antiguas e irreales supersticiones religiosas que se opusieron a su estilo de vida y eso le generó conflictos. Esto fue lo que le ocasionó su problema.
El doctor me dijo que habían tratado de ayudarlo a deshacerse de sus inhibiciones de tal manera que pudiera vivir sin una discordia interior. Le aconsejaron que siguiese el Rubáiyát de Omar Khayyám como su guía filosófica. Esto exceptuando, creo, la Biblia, las enseñanzas que le habían causado sus problemas. Coincidentemente, el Rubáiyát es un poema fatalístico y ateo, el tema principal de la exal-tación de la bebida.
De tal manera que mi amigo estaba, tal vez, capacitado para reprimir o sublimar su culpa en cierto grado. Tal vez él estaba capacitado para ajustar, por lo menos públicamente, una filosofía del tipo aprovecha la vida haciendo lo que quieras. De tal manera que se alejó de Dios para sentirse libre de la culpa, lo cual realmente es una pésima decisión. No conozco la extensión de su éxito, porque nuestros caminos han divergido y hemos tenido muy poco contacto el uno con el otro durante muchos años.
Tal vez la conciencia de mi amigo se tranquilizó, porque las conciencias muy a menudo se tran-quilizan con un tratamiento como ese. Y pueden permanecer silenciosas cuando no hay ninguna posibi-lidad de retribución para su violación. Pero tan pronto como aparece una retribución, la conciencia co-mienza a removerse y habla nuevamente en forma acusadora. Entonces su propietario está doblemente atormentado; él está atormentado por una conciencia despertada, y por el miedo imperativo de la aproximación de una rendición de cuentas.
Un ejemplo clásico de esto se encuentra en la vida del patriarca hebreo Jacob. Jacob, se recordará, estafó a su hermano gemelo, Esaú, de la primogenitura; como resultado tuvo que huir por su vida a Mesopotamia, donde permaneció durante 20 años. La historia aparece en Génesis 27-33.
Cuando estaba volviendo a casa, supo que su hermano, aun deseoso de venganza, estaba viniendo con sus guerreros para encontrarlo, y sin duda, para matarlo. Después de haber oído esto, “Jacob estaba muy temeroso y afligido” (Gen. 32:7). Jacob pasó la noche anterior al encuentro en el desierto, orando por la protección de Dios para su familia, sus siervos y por él mismo. “Y Jacob fue dejado solo; y luchó con él un varón hasta que rayaba el alba” (verso 24). Jacob finalmente entendió quién era su adversario, y dijo, “he visto a Dios cara a cara, y mi vida ha sido preservada” (verso 30).
Pero es en los pensamientos y en las emociones de Jacob durante esa experiencia que encontramos nuestra ilustración. Mientras él luchaba, como pensaba, por su vida, su hermano vengativo se aproximaba y esto lo llenó de ansiedad. Al mismo tiempo “el sentimiento de su culpa presionaba su alma; sus pecados surgieron delante de él, para alejarlo de Dios”. Patriarcas y Profetas:196.


Última edición por PREDICADOR el Dom Mar 25, 2012 6:51 pm, editado 1 vez
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Thomas A. Davis - La Conciencia y la Culpa.-El Gusano Que Consume  Empty Re: Thomas A. Davis - La Conciencia y la Culpa.-El Gusano Que Consume

Mensaje  PREDICADOR Dom Mar 25, 2012 6:45 pm

Muchas personas con conciencias culpadas quieren deshacerse de la culpa sin obedecerle a la conciencia. Es posible que un individuo sea perseguido por la culpa, y que ore para ser liberado de esa carga, pero puede no estar dispuesto a corregir el problema de su vida que provoca la culpa.
Se nos recuerda el pequeño muchacho que llegó al comedor de su casa, una tarde, para ver que su madre estaba preparando la mesa para atender a sus visitas. Sobre la mesa él vio una fuente con panes de azúcar. Ahora, este niño pequeño era muy aficionado al azúcar.
Cuando vino la madre al comedor unos pocos minutos después, su hijo ya no estaba ahí, pero la fuente estaba casi completamente vacía.
Llamándolo, ella le preguntó: “¿Te comiste todos esos panes de azúcar?”
“Si, mamá”, admitió él, en forma desanimada, “pero estuve llorando durante todo el tiempo en que me los estuve comiendo”. En la respuesta de este pequeño niño, podemos encontrar desvendada nuestra propia actitud.
Me acuerdo de un incidente en particular donde yo oré para que Dios permitiera que yo hiciese algo que yo deseaba mucho. No recibí ni siquiera una insinuación de que tuviese la aprobación de Dios. Al contrario, mi conciencia me prohibía esa acción, pero, así como Balaam, yo continué adelante y lo hice a pesar de todo. Increíble, yo realmente oré mientras estaba haciendo algo errado y quería que Dios no llevase en cuenta mi transgresión. Puede servirle de ayuda a algún lector que yo le diga que la cosa que yo tanto quería, comprobaría ser apenas polvo y cenizas. Y ahora yo le estoy agradecido.
A esta altura, tal vez podamos pensar en la culpa relacionada con el perdón. Existen dos tipos de culpa. Existe la culpa judicial, objetiva, en la cual una persona está acusada ante la ley. Y existe la culpa subjetiva, en la cual él está acusado por la conciencia, y por lo tanto tiene problemas con sus senti-mientos de haber cometido algo errado. La primera no lleva necesariamente a la última.
La persona que ha pecado y está sufriendo con los sentimientos de culpa, puede pensar que su culpa realmente lo separa de Dios. Pero, como lo muestra Paul Tournier, no es la culpa el obstáculo para la gracia de Dios, sino que la represión de la culpa. Podemos orar, y luchar con nuestras mentes y co-razones, pero no encontrar un alivio. El alivio adecuado de los sentimientos de culpa, pueden venir úni-camente admitiendo nuestra culpa objetivamente, que hemos pecado contra Dios, y corrigiendo la si-tuación. Ni muchas oraciones, ni aun el remordimiento, solucionarán el problema.
Es de vital importancia entender, y actuar de acuerdo, el hecho de que cuando la culpa oprime el corazón y la mente y sobrecarga la conciencia, el alivio será encontrado únicamente en Dios. Los médicos y psiquiatras pueden ser de ayuda al dar algún alivio en las situaciones de culpa en las cuales las anormalidades de la personalidad están envueltas, pero el psiquiatra cristiano admitirá que única-mente Dios puede resolver la causa subyacente, el pecado. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y para limpiarnos de toda injusticia”. (1 Juan 1:9). “Mi gracia te basta”. (2 Cor. 12:9). “Si el Hijo por lo tanto os libera, realmente seréis libres” (Juan 8:36).
No debemos, entonces, tratar de disminuir nuestra culpa, excusando o tratando de darle una ex-plicación a nuestros pecados. Si la conciencia nos condena, debido a que hemos cometido algún acto que es prohibido por la Biblia, entonces no debemos decirnos a nosotros mismos que lo que hemos hecho no es tan terrible. Lo que es pecado, no lo decide el hombre, sino Dios. Debemos aceptar la deci-sión de Dios y buscar su perdón.
Habiendo buscado honesta y sinceramente el perdón, y habiendo hecho lo correcto con Dios y con el hombre, debemos, por la fe, aceptar el hecho de que Él nos ha perdonado. Es importante tener la actitud del apóstol Pablo aquí: “Habiéndome olvidado de las cosas que quedan atrás, y continuando hacia aquellas que están adelante, sigo procurando la meta, el premio del supremo llamado de Dios en Jesucristo”. (Fil. 3:13-14).
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