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Thomas A. Davis - Violando la Conciencia.-¿Transgresiones Insignificantes?

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Thomas A. Davis - Violando la Conciencia.-¿Transgresiones Insignificantes? Empty Thomas A. Davis - Violando la Conciencia.-¿Transgresiones Insignificantes?

Mensaje  PREDICADOR Dom Mar 25, 2012 6:43 pm

Thomas A. Davis - Violando la Conciencia.-¿Transgresiones Insignificantes?

La menor violación de la conciencia eventualmente ha llevado a la posesión demoniaca, de acuerdo al Dr. Malachi Martin, un teólogo católico romano y ex oficial del Vaticano. El Dr. Martin, quien declara que ha estado envuelto en 11exorcismos, ha escrito un libro, Rehén del Diablo, el tema del cual es la posesión demoniaca, la cual sería una pérdida de “humanismo”, el cual es un don de Dios.
El doctor dice que nadie puede ser “poseído” por un espíritu malo sin concordar con la transac-ción, aun cuando el proceso puede tener lugar en un periodo de tiempo. Él hace la significativa obser-vación que las personas que él ayudó a exorcizar, admitieron que ellos consintieron en ser poseídas, “y que ellos tenían un sentido de violación de sus conciencias... aun cuando en ese tiempo en algunos casos parecía que era una pequeña violación”.
Yo supongo que nadie que comete una pequeña violación de la conciencia creerá o aun pensará que eso terminará en que esa persona será poseída por demonios. Y creemos que esto puede suceder so-lamente bajo ciertas circunstancias. Sin embargo, en ciertos aspectos, siempre que violamos la concien-cia, nos estamos haciendo vulnerables a la manipulación de demonios.
Aun cuando a veces nos extralimitemos con la conciencia con las cosas más triviales: un pedazo de pastel, una taza de café, una moneda, una pequeña ventaja, cientos de cosas que son vistas en retros-pectiva como siendo realmente, totalmente, inconsecuentes. Pero en ese instante nos parecen ser las co-sas más deseables del mundo. Las queremos tanto como si fuesen algo tremendamente deseable.
La verdad es que una transgresión insignificante sobre la conciencia puede ser el primer paso oculto para monstruosos crímenes, tal como es testificado por Francois Robespierre, uno de los líderes más fanáticos de la Revolución Francesa. Se nos ha informado que antes él desistió de una magistratura, porque era muy sensible a condenar un criminal a la muerte. Sin embargo, más tarde, él era capaz de enviar a cientos de personas a la guillotina, aparentemente sin un remordimiento de conciencia. Su pa-sado de conciencia de una actitud hacia la otra, sería un apetitoso tema de estudio, si eso fuese posible.
C. S. Lewis ha hecho una observación que será iluminativa a esta altura: “Cuando un hombre está mejorando, entiende cada vez más claramente lo malo que aun hay en él. Cuando un hombre está em-peorando, él entiende cada vez menos su propia malignidad. Un hombre moderadamente malo sabe que él no es muy bueno; un hombre completamente malo piensa que él es bueno. Esto realmente es sentido común. Usted entiende el sueño cuando usted está despierto, no mientras está durmiendo. Usted puede ver errores aritméticos cuando su mente está funcionando correctamente; mientras usted los está come-tiendo, no puede verlos. La gente buena sabe lo que es bueno y lo que es malo; la gente mala no sabe nada acerca de ninguno de loa dos”. Reimpreso con permiso de Macmillan Publishing Co., Inc., de Cristianismo Puro por C. S. Lewis. 1943, 1945, 1952 por Macmillan Publishing Co., Inc., página 24.
El ex Arzobispo de Canterbury, William Temple, ha comentado a respecto de la desensibilización de la conciencia: “Ningún crimen le parece tan malo al hombre que lo cometió, como al hombre que lo ha entendido plenamente. Tan luego como hemos cometido algo que es sucio, hemos embotado nuestra capacidad de estar asqueados, hemos empañado el espejo en el cual tenemos que mirar nuestra re-flexión”. Fe y Vida Cristiana (Londres: SCM Press, Ltd., 1963), página 61.
¡Pero existen personas, aun profesos cristianos, que insistirán que necesitamos sentirnos familia-rizados con lo malo para poder reconocerlo, y de esa manera estar capacitados para evitarlo y derrotarlo!
Entonces entendemos, que un simple desvío de la integridad moral nubla la conciencia, abre la puerta para la próxima tentación, y puede llevarnos a males desconocidos e inimaginables en nuestras vidas. Esto levanta la pregunta: Cuando las posibles implicaciones son ponderadas, ¿existe algo así como una violación insignificante de la conciencia?
¿Qué es lo que hace con que una persona traspase la conciencia? Esencialmente, la respuesta puede ser dada en una palabra: egoísmo. Y el egoísmo es monstruoso; se muestra a sí mismo de mil maneras diferentes. Debido a que es tan tremendamente exigente, a menudo es confrontado por las exi-gencias morales.
Bien podríamos dejar a un lado un análisis de una docena de temas menores envueltos en la solu-ción del problema de la conciencia y del egoísmo, e ir directamente al mayor de ellos. Eso se llama au-tosacrificio. El autosacrificio, el último, la completa entrega del egoísmo a Dios es el principio básico del cristianismo. “Si alguien quiere seguir mis pasos (dijo Jesús), debe entregarse a sí mismo, tomar su cruz y seguirme”. (Mar. 8:34, Philips).
¿Por qué nos pide Dios que le entreguemos nuestro yo? Porque Él sabe que el egoísmo es nuestro mayor enemigo. La felicidad perseguida solamente por motivos egoístas es caprichosa, transitoria, y si al final es encontrada, es como una burbuja que es capturada momentáneamente hasta que revienta. Lo deja a uno insatisfecho, solo, y a menudo apenado. Solamente la felicidad que proviene de Él es prove-chosa.
Pero cuántas personas, cuyos corazones y conciencias han sido convencidos por el Espíritu Santo de que tienen que entregarse a sí mismas en las manos de Dios, han retrocedido debido a que demanda un sacrificio. Así ellos debilitaron la voz de la conciencia y frustraron el amor de su Padre celestial.
Y muy frecuentemente, habiendo ofendido la conciencia en un área, tratamos de tranquilizarla siendo sumamente conscientes en otra área, tal vez en algunas actividades religiosas. Pero la conciencia no será sobornada. O tendrá sus demandas satisfechas o se quedará ominosamente quieta.
Realmente, nos engañamos a nosotros mismos cuando nos agarramos de la creencia de que Dios perdonará nuestros pecados y nos bendecirá mientras estamos jugando irresponsablemente con uno de Sus requerimientos. La deliberada violación de la conciencia, la comisión propuesta de reconocidos pe-cados, silencia la voz de advertencia del Espíritu Santo, y construye una muralla entre el alma y Dios.
El poeta Paul Laurence Dunbar ha descrito la violación de la conciencia con las conmovedoras palabras:


“Hasta luego”, le dije a mi conciencia.
“Hasta luego para siempre jamás”,
Y retiré sus manos ásperamente,
Y di vuelta mi cara;
Y la conciencia se afligió muchísimo
Y no volvió más después de aquel día.

Pero vino el tiempo cuando mi espíritu
Creció fatigado de su paso;
Y grité: “Vuelve, conciencia mía;
Deseo ver mi cara”.
Pero la conciencia gritó: “No puedo;
El remordimiento está sentado en mi lugar”.

Un autor globalmente leído, de libros religiosos, dice lo siguiente en relación al oscurecimiento de la conciencia: “Los que están tratando de tranquilizar una conciencia culpable con la idea de que pueden cambiar su mala conducta cuando quieran, de que pueden jugar con las invitaciones de la misericordia, y todavía seguir siendo impresionados, lo hacen por su propia cuenta y riesgo. Ponen toda su influencia del lado del gran rebelde, y creen que en un momento de suma necesidad, cuando el peligro los rodee, podrán cambiar de jefe sin dificultad. Pero esto no puede realizarse tan fácilmente. La experiencia, la educación, la práctica de una vida de pecaminosa complacencia, amoldan tan completamente el carácter que impiden recibir entonces la imagen de Jesús. Si la luz no hubiese alumbrado su senda, su situación habría sido diferente. La misericordia podría interponerse, y darles oportunidad de aceptar sus ofrecimientos; pero después que la luz haya sido rechazada y menospreciada durante mucho tiempo será, por fin, retirada”. Patriarcas y Profetas:274.
“Mantenga la conciencia tiernamente, para que pueda escuchar el más leve susurro de la voz que habla como ningún hombre puede hablar”.
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