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Atrevete a contestar - El pentecostalismo tiene origen catolico ?

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Atrevete a contestar - El pentecostalismo tiene origen catolico ?

Mensaje  PREDICADOR el Miér Mar 28, 2012 8:07 pm

Atrevete a contestar - El pentecostalismo tiene origen catolico ?

Opinion 1 Encontrada en internet, estas de acuerdo?

En numerosas oportunidades hemos afirmado que nuestra fe protestante -luterana- enfrenta hoy día los mismos adversarios (y en una confrontación de tensiones similares) que las que hallaron Lutero y los reformadores en el siglo XVI. Hay tres fuerzas que están presionando a la Iglesia de Cristo, y, en ciertos casos, causan estragos de diversa magnitud entre el pueblo y aun en el ministerio. Una de estas fuerzas es el humanismo, otra el ecumenismo unionista (bajo la batuta de Roma), y la otra el neopentecostalismo, los münzeritas contemporáneos. Así que, como se ha dicho, "con caridad hacia todos y sin malicia hacia ninguno", propondremos este tema a consideración.
¿Qué es Pentecostalismo? Es un movimiento religioso del tipo extático. Este movimiento, que se ha infiltrado en casi todas las denominaciones protestantes, - que creyeron allí encontrar una "respuesta" al formalismo muerto (debido en realidad a la pérdida del conocimiento del Evangelio de la pura y libre gracia de Dios, la función de la Ley y la de los Sacramentos)-, aparece ahora, curiosa y significativamente, en el catolicismo romano. Este movimiento - casi al modo popular en que las gentes parecen identificar al cristianismo no católico- reposa sobre una antigua y llamativa herencia histórica de diversos grupos que, reclamando poseer "una experiencia del Espíritu Santo" en o hacia el Espíritu Santo, la reivindican como una experiencia fuera, más allá o sin la Palabra de Dios.

Muchos de estos grupos se manifestaron en tiempos del Dr. Lutero. El los llamaba los entusiastas. Estaban allí los seguidores de Münzer, los Anabaptistas radicales y otros. Durante el siglo siguiente, y siempre en esta línea, surgen los Quakeros, con su doctrina de la "luz interior". Un siglo después, aparecen los "tembladores" (shakers) y el pietismo. Por último, durante el siglo diecinueve se produce una explosión de entusiasmo religioso con epicentro en Estados Unidos, que asume el nombre de Holiness Movement, "movimiento de la Santidad", y se alimenta especialmente de la teología metodista -más ranciamente arminiana luego de la desaparición de John Wesley. Los lemas santificacionistas: "una vida más elevada", "la entera santificación", "la vida victoriosa".

El pentecostalismo "moderno" parece haber comenzado bajo el liderazgo de Charles Parham, en el Colegio Betel, en Topeka, Kansas. Luego de una temporada de ayuno y oración, Parham impone sus manos sobre una de sus discípulas, Agnes Osman, quien recibe "una experiencia en el Espíritu". A partir de aquí estas 'experiencias' comienzan a repetirse, despertando a la vez curiosidad y oposición. Sorprendentemente nace así un movimiento que se extiende hacia Texas y California, y de allí, en pocos años, estalla un avasallante fenómeno mundial que todos llaman pentecostalismo, cuyas señales son un fuerte y expresivo fervor religioso, alimentado por un lenguaje extático -el "hablar en lenguas"- y reuniones cruzadas por gritos, música estridente, rítmica y fuertemente emocional (que ejecutan en la actualidad hombres y mujeres "cristianos", cantando a nivel profesional comparable a solistas y conjuntos rockeros del mundo, sin excluir una fuerte dosis de sensualidad y seducción personal), no faltando los bailes dentro de los cultos, ni las risas histéricas y desmayos al mejor estilo de los causados por Los Beatles en los '60.

Al comienzo la actitud de la iglesia cristiana hacia estos revivalistas fue de desconfianza y menosprecio. Se los llegó a llamar, p.e., los dancing saints, los santos bailarines. Ya hacia los '70, personas con funciones de liderazgo dentro del mundo evangélico comenzaron a hablar con admiración y respeto de este movimiento: H. P. Van Dusen, Decano del Seminario Teológico Unión, define al Movimiento como la tercera fuerza dentro del cristianismo "junto al protestantismo y el catolicismo". En nuestros días, el pentecostalismo incluye a millones de personas, y crece rápidamente (a la vez que va dejando tras de sí también a millones de desilusionados o desencantados, en posición delicada, debido a 1a falta general de discipulado y conocimiento de las Escrituras, actitudes poco afines al movimiento).

La dinámica del Pentecostalismo. Es simple: una experiencia personal de intenso placer extático, "la poderosa experiencia del Espíritu, "la segunda bendición", "el bautismo de fuego", "la unción doble". Vemos así que el énfasis está puesto en la experiencia interna y personal.

Su principio fundamental. Este movimiento, basado en la "experiencia", reposa en un principio básico. Aunque pocos lo advierten, sucede que en su esencia natural el pentecostalismo es católico-romano.

Esta afirmación que hasta hace no mucho hubiera sido posiblemente descalificada a priori, hoy se evidencia para ciertos observadores, al comprobar la actual incidencia dentro del romanismo del "movimiento carismático" -otra buena senda hacia el ecumenismo y el unionismo.

Presbiterianos, anglicanos, bautistas "renovados" y otros hallan que "la experiencia del Espíritu" los acerca a un romanismo "carismático". Esto no sorprende, parece, por otra parte, a eruditos católicos, que ven en el pentecostalisino "evangélico" "una espiritualidad afán". "Aunque se desprenden de antecedentes protestantes, las iglesias pentecostales no son típicamente protestantes en su creencia, actitudes y prácticas... La espiritualidad pentecostal ... está plenamente en armonía con (la) fe (católica)... (Esta) experiencia espiritual de aquellos que han sido tocados por la gracia del Espíritu Santo en el movimiento pentecostal está en profunda armonía con la teología clásica espiritual de la iglesia (romana)…" (Edward 0'Connor, The Pentecostal Movement in the Catholic Church).

¿Por qué afirmamos que el pentecostalismo es católico romano?

Porque, en primer lugar, el pentecostalismo es desesperadamente subjetivo. Alguien podría querer mayores precisiones. Cuando decimos subjetivo queremos decir que se induce al creyente a mirar hacia sí mismo y no a la obra objetiva consumada por Dios en Cristo. No olvidamos que el movimiento pentecostal afirma que la "segunda bendición" o "bautismo del Espíritu Santo" es algo que sucede después de la conversión. Esta afirmación se levanta contra el articulo central de la fe cristiana, la justificación por la sola fe. ¿Por qué? Porque si se afirma que hay una segunda bendición, una "experiencia superior" más allá del perdón y la fe salvadora, se afirma que el acto por el cual Dios justificó al hombre, la misma Persona y obra de Cristo, son insuficientes.

Si el don de la propia justicia de Dios no basta para llenar del Espíritu la vida del creyente, se niega e inutiliza la obra de Cristo en la cruz y la resurrección y se dirige a los creyentes hacia sus propias obras. Como se ha dicho "si Pablo estuviera entre nosotros, preguntaría: "¿Recibísteis el Espíritu Santo cuando creísteis (cuando fuísteis justificados)? Si la respuesta fuera "NO", entonces Pablo replicaría: "Entonces uds. no han recibido la justificación cristiana".

Ahora, sí venimos expresando que la dinámica del Pentecostalismo es su énfasis en la experiencia espiritual, deberemos confrontarlo con la teología bíblica, especialmente la del Nuevo Testamento. Allí encontramos los dos aspectos de la obra - de la actividad - redentora de Dios:
El primer aspecto: La obra de Dios por nosotros en Cristo.

El segundo aspecto: La obra de Dios en nosotros mediante el Espíritu.

Si consideramos estos dos aspectos en su interrelación, vemos que el primero, la obra de Dios por nosotros en Cristo, no es otra cosa sino el mismo Evangelio. Es la declaración, no de lo que Dios hará por usted, o yo (eso es el resultado del Evangelio), sino de lo que Dios ha hecho por usted o yo en Cristo Jesús. "Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigjo mismo..." (2 Cor. 5:19), o bien, parafraseando Efe. 1:6, 7: "Dios ha sido bondadoso con nosotros en la Persona de Su Hijo, el Amado. Él ha asegurado nuestra libertad. El ha perdonado nuestros pecados...

"A esta obra también la podemos llamar la obra de Cristo por nosotros. La Segunda Persona de la Trinidad, vino a este mundo. Como Sustituto y Fiador nuestro rindió a la Ley de Dios una obediencia que se igualó con su completa demanda. Así lo hizo, porque nosotros éramos incapaces de lograrlo. Cristo vivió la Ley y bajo ella por nosotros; en lugar nuestro. Además, como somos transgresores de la Ley y porque eso es el pecado, y la paga del pecado es la muerte (Rom. 6:22), el Señor Jesucristo vino a la Cruz y soportó la penalidad de una Ley quebrantada: lo hizo asimismo en nuestro lugar. Tomó sobre Si de todos los pecados de un mundo culpable. Se hizo pecado en nuestro lugar. Mediante su sacrificio vicario abolió el pecado y destruyó la maldición de la Ley. Entró a la tumba y desarticuló el reino del diablo. Resucitó y venció en nuestro lugar a la muerte. Ascendió a la diestra de Dios y abrió el Paraíso de Dios a la familia humana. Dios nos recibió en nuestro Representante - el Hijo del Hombre que había sido separado de El en el Calvario. Así fue como aceptó a una raza inaceptable: en la Persona de Su Hijo Amado.

Cristo murió por nosotros de acuerdo con las Escrituras. Resucitó para (propter) nuestra justificación. EL EVANGELIO ES LA DECLARACION DE LO QUE DIOS HA HECHO EN CRISTO. No es algo que Dios hace EN nosotros. Esto último es el fruto del Evangelio; es el resultado de la justificación, de creer al Evangelio. El Evangelio es algo que Dios ha hecho aparte de nosotros, por encima y más allá de nosotros.

Ahora bien, en cuanto a este fruto, las Escrituras dicen que aquel que cree en la obra de Dios por é1 en Cristo Jesús, recibe el Espíritu Santo, el Renovador, Santificador y transformador Espíritu Santo. Esto también es obra de la fe - fe en la obra de Dios- y se imparte por la Palabra y los Sacramentos. Pero no hay que olvidar que este fruto, la santificación, también es sola obra de Dios.

Así, estos dos aspectos: la obra de Dios POR mí, y la obra de Dios EN mi, no deben confundirse. Confundirlos ha sido la esencia del romanismo. Esta confusión también afecta a ciertos sectores de la tradición protestante.

El primer aspecto y su supremacía. La obra de Dios fuera de nosotros debe recibir el énfasis: como se ha dicho, no es tan sólo La Fe Sola, sino también La Justificación Sola.

Esto último fue la gran preocupación de Martín Lutero. ¿Por qué? Pues esa obra de Dios consumada en Cristo fuera de nosotros es el Evangelio.

En segundo lugar, porque nuestra aceptación para con Dios y nuestra complacencia ante El no están basadas en una obra de gracia interna, la obra del Espíritu en nosotros o la obra de Cristo en nosotros-, sino sobre la Roca Fuerte y Firme de lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo Jesús.

Finalmente, la obra de Dios por nosotros es algo completo y perfecto; su obra en nosotros, "siempre justos, siempre penitentes, siempre justificados," permanece fragmentaria e incompleta. Los creyentes en Jesús tenemos, en vida "las primicias del Espíritu" (Rom. 8:23).


Cuando los discípulos vinieron al Señor luego de echar demonios, limpiar leprosos y curar enfermos en Su Nombre, le expresaron a El su regocijo. Y el Señor les dijo: "Mejor regocíjaos, porque vuestros nombres están escritos en el cielo." Así El señalaba a Si Mismo, Jesús, el Libro de la Vida.


El Señor de este modo les señalaba el primer aspecto: miren al fundamento, allí hay algo muchísimo más grande.

Las tendencias contemporáneas. Por lo escrito hasta aquí, entendemos dónde debe dirigirse nuestra atención. Nos regocijamos en lo que Dios ha hecho en Cristo; en lo que Jesús significa para nosotros como nuestro Sustituto: mientras hago esto, El Espíritu Santo, por medio de la Palabra (que dice JUSTIFICACION POR IA FE SOLA) y los Sacramentos (que dicen lo mismo) irá santificando: dando madurez cristiana a mi vida, sin que yo me percate o preocupe específicamente de ello. Si hago lo contrario, y comienzo a mirarme a mí mismo, me pasará lo que a Pedro, y me hundiré en el agua de la confusión: pues he dejado de mirar a Sólo Cristo.

Esto, tras un muy largo período de decadencia y oscuridad espiritual, es lo que halló Lutero en sus días. Se enseñaba que el hombre se hace aceptable ante Dios y agradable a El, no en base a lo que El ha obrado en Cristo, sino en base a lo que una gracia infusa hace dentro del creyente. Así de extraviado estaba el Mensaje del Señor.

Lutero y otros reformadores rechazaron este terrible error. Ellos redescubrieron -fue la obra providencial del Señor- el precioso fundamento del Evangelio. Reencontraron la doctrina de la justicia imputada de Cristo. La justificación forense. Con. "imputar" se entiende que la justicia que nos posiciona directamente delante de un Dios Santo no es una cualidad que se halla dentro de nosotros, sino una justicia que se encuentra enteramente fuera de nosotros: es la "aliena iusticia" a la que apela Martín Lutero.

Esta justicia no está en la tierra, ni es conocida por sus moradores, salvo que Dios se la revele. No es nuestra experiencia. ES LA EXPERIENCIA DE CRISTO POR NOSOTROS, lo que resulta nuestro único interés y la suprema importancia: pues será confiar en ella lo único que nos salvará. "Con su conocimiento (v.g. con su experiencia del obrar y vivir) justificará Mi Siervo a muchos..." (Isa. 53:11) La justicia del cristiano está a la diestra de Dios. Cristo es la vida de su cristiano. La labor del Evangelio y sus predicadores es dirigir la fe del hombre hacia Sólo Cristo y la obra objetiva de la justificación, y no a la "experiencia espiritual del cristiano".

Llegamos pues a nuestra meta. ¿Tiene el Movimiento Pentecostal, los carismáticos", el sonido objetivo del Mensaje del Nuevo Testamento - y de toda la Escritura- y, asimismo, se conforma al testimonio de nuestra fe luterana? Larespuesta es definitiva: ¡NO! En níngún Material, escrito o audiovisual - o musical - del Movimiento Pentecostal o Carismático se puede encontrar la afirmación central de la Palabra de Dios sobre el Evangelio.
¿Mantienen los pentecostales la supremacía y prioridad de la justificación por la sola fe, articulus stantis vel cadentis ecclesiae ,o bien la subordinan a la así llamada experiencia "superior" de la santificación, entendida ésta como "segunda bendición", "bautismo del Espíritu" etc.?

Todo pentecostal que se precie de serlo predica "lo que Cristo ha hecho en é1 o con él". Es necesario preguntarlo con seriedad: ¿Es esto lo que hicieron los apóstoles? "Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo, el Señor..." (2 Cor. 4:5). "Y los apóstoles daban testimonio del Señor Jesús con todo denuedo..." (Hech. 4:33). Pablo, afectado por los corintios, afirma luego: "Porque no me propuse saber algo entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste Crucificado" (1 Cor. 2:2). Los apóstoles perdieron de vista su propia experiencia. Ellos se arrojaron con viva fe, cuando llegó el día, en la maravilla de la obra de Dios en Cristo. De pronto, uno escucha una radio pentecostal: "Maravillensé de lo que Cristo está haciendo en sus vidas..."

Ha llegado la época: no se encuentra hoy diferencia esencial alguna entre las doctrinas "evangélicas" pentecostales y católico-romanas pentecostales.

En ellas no hay ni un poco de Evangelio.

Todo se concentra en el subjetivismo, en el experimentalismo. Podrían haber sido escritas por una Teresa de Avila nacida en el siglo XX. Al mismo tiempo, toda la predicación pentecostal se perfila como sentimentalista y afeminada. Como se ha dicho "le falta la reciedumbre viril del Gran Nuevo Testamento y de la Reforma..." No es fe cristiana, ni amor cristiano el estar uno con los ojos puestos en la propia experiencia. El experimentalismo religioso es una forma aguda de perversión espiritual.



LA PALABRA Y EL ESPIRITU

Se hace necesario aquí examinar la doctrina pentecostal bajo la luz de la pneumatología bíblica - su doctrina del Espíritu Santo. ¿Qué leemos en la Biblia? "Pero cuando viniere aquel Espíritu de verdad , él os guiará a toda la verdad, porque no hablará de sí mismo sino que hablará de todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que han de venir." "El me glorificará: porque tomará de lo mío y os lo hará saber..."(vers. 14). Aquí se esbozan los grandes principios de la obra del Espíritu. Sabemos de El menos que de las otras Personas de la Trinidad. Jesús nos dice el por qué: "No hablará de si mismo..." El ministerio evangélico del Espíritu Santo, por decirlo así, es tornar las cosas del Señor Jesucristo y revelarlas al creyente. Su misión es glorificar a Jesús, y magnificar Su obra. El Espíritu no hace al creyente-, consciente del Espíritu, sino consciente de Cristo, de Só1o Cristo. Le enseña y edifica sobre y con la obra amorosa hecha a su favor en Cristo Jesús.

La salvación es obra de la Trinidad. La justificación por gracia, por medio de la fe sola, es el mensaje salvador de las Escrituras. Dios nos concede su bondad, su gracia, en el Don de Su Hijo. Somos así justificados por la gracia del Padre (Rom. 3:24). El hijo nos da Su vida. Somos justificados "en Su sangre" (Rom. 5:9). La obra del Espíritu Santo es darnos fe en lo que Jesús ha hecho por nosotros. Si confiamos en ello de corazón, entonces somos justificados por la fe sola, aparte de las obras de la Ley. La vida cristiana comienza en fe y termina en fe. El justo vivirá por la fe (Rom. 1:17)

Alguien preguntará sobre el testimonio. "¿Acaso no recibimos el Espíritu para dar testimonio?" Seguramente es así. Pero, ¿cuál testimonio? En Hechos 4:33 se lee que "con gran poder los apóstoles daban testimonio". ¿Acerca de qué testificaban? Como lo predica Pablo: "No nos predicamos a nosotros mismos". "Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y gracia abundante era sobre ellos".

Sí, Los apóstoles predicaron la resurrección de Cristo Jesús. Una verdad histórica, objetiva. Es algo que sucedió fuera de nosotros. Así que la resurrección del Señor es la prueba y el sello de que la Gran Expiación de Cristo ha sido completa, de que todos nuestros pecados han sido perdonados en el Señor y que el cielo está abierto para todo aquel que crea con fe salvadora. Con grande poder testificaron los apóstoles de esa gran verdad. Pero ellos no recorrieron el mundo predicando "su elevada y poderosa experiencia".

Lamentamos decirlo: pero el pentecostalismo no conduce a Cristo. Por lo contrario, se aparta de Cristo.

¿Por qué? preguntará alguien escandalizado. Porque la tesis central del Movimiento Carismático es ésta: Cuando un creyente acepta al Señor Jesucristo, es convertido y bautizado por agua (los carismáticos que bautizan párvulos hacen la adaptación necesaria aquí). Pero eso no es suficiente. Hay algo más. EL CREYENTE DEBE SUPERAR EL BAUTISMO EN CRISTO.

Debe entrar en una EXPERIENCIA más elevada, llámesela el Bautisino del Espíritu Santo. De esta manera el neopentecostalismo entra en el desequilibrio trinitario, hace una dicotomía entre ser bautizado en Cristo y ser bautizado en el Espíritu Santo.

Si uno acepta esta doctrina, se tiene que concluir por fuerza que el bautismo del Espíritu Santo es superior al bautismo en Cristo Jesús, o que el Espíritu Santo está por encima de Cristo o que tiene algo para ofrecer superior a lo que Dios nos ofrece en Cristo.

Por supuesto, creemos en el bautismo del Espíritu Santo. Cuando somos bautizados, por la fe recibimos la plenitud del Espíritu Santo. "Hay una fe, un bautismo..." "Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo… y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu…" A su vez, el apóstol Juan dice: "Pero vosotros tenéis la unción del Santo, y vosotros sabéis todo..." (1 Jn. 2:20 BA,nota). En la iglesia Cristiana no hay ciudadanos del reino de los cielos de segunda clase. La doctrina pentecostal postula la existencia de cristianos comunes y cristianos "llenos del Espíritu". Sin embargo la Barca del Señor tiene una sola clase: todos santos cristianos llenos del Espíritu si creemos y confiamos en Jesús. Si no es así, no somos cristianos.

¿Cuándo, cómo se recibe el Espíritu Santo? "El que creyere y fuere bautizado, será salvo..." "¡Oh gálatas insensatos!, ¿Quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente como crucificado? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la Ley, o por el oir de la fe?" (Mr. 16:16; Gál. 3:13,14).

Jesús dijo: "El que cree en mi, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo Jesús del Espíritu que habían de recibir LOS QUE CREYESEN EN EL..." (Jn. 7:38, 39). Pedro afirma en Hech. 2:38: "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el Nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo". La gran evidencia de que se ha recibido el Espíritu no es un audio-visual espectacular; sino que, según la Escritura, la evidencia plena de ello es la fe. Está escrito: "Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu santo". (1 Cor. 12.3) Todo aquél que confiesa a Jesús como Señor y Salvador de su vida evidencia que ha recibido al Espíritu Santo.

¿Y cómo es que se recibe el Espíritu Santo? Para el neopentecostalismo, se considera que el Espíritu es impartido en alguna experiencia extática. Las Escrituras, y las Confesiones Luteranas fieles a ella, enseñan que el Espíritu es impartido por medio de la Palabra y los Sacramentos -la Palabra visible. La Palabra de Dios es llamada "la espada del Espíritu" (Efe. 6:17). El Espíritu viene al hombre en la Palabra de Dios; por la Palabra de fe. Cuando un hombre oye, recibe la Palabra del Evangelio, el Espíritu en ella produce fe en él; si creyere (y volviere a su bautismo, si ya está bautizado, o bien se bautizara luego), es un "lleno del Espíritu": un creyente en Jesús, un justificado. La Palabra produce fe en los que vienen a ser hijos, y esta fe, la fe salvadora, se ase de la Palabra de la salvación, que es también la Palabra ligada a los sacramentos (la Palabra visible).

El Espíritu obra fe así, nunca fuera de Su Palabra. La Palabra y el Espíritu siempre marchan juntos. No debe separarse a Cristo del Espíritu Santo. Ni al Espíritu Santo de la Palabra. La Trinidad es una unidad. Hay una fe. Y un só1o bautismo. Este Bautismo es llamado "del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" (Mat. 28:19). Cuando se cree verdaderamente en Cristo y se es bautizado, ese bautismo no es sólo en Cristo, sino también en el Espíritu Santo.
CONCLUSION
El neopentecostalismo es afín al romanismo en su interpretación del hombre cristiano. La teología católica considera a la gracia santificante como algo que obra dentro del hombre capacitándole para hacer buenas obras que le hagan agradable y aceptable ante Dios. Lutero y los reformadores dijeron no a esto. Ni siquiera las obras en la gracia hacen al creyente agradable en la estima de Dios.

Por causa de la naturaleza inherente al hombre, pecaminosa y corrupta, la maldad (evilness) y el pecado permanecen en é1, luego de su conversión y a lo largo de su vida hasta su muerte.

Lutero ha dicho: 'necesitaré a mi Salvador tanto en el día de mi muerte como en el de mi conversión". Lo que afirmamos está claro cuando se observa la actitud de los reformadores ante Roma la interpretación de Romanos 7:14-25. Aquí se discute el conflicto entre la carne y el Espíritu -el viejo hombre y el hombre nuevo en un mismo cuerpo. Ahora bien, Lutero y los reformadores comprendieron rectamente que aquí se habla de la vida de un santo justificado. Este es un hombre lleno del Espíritu: pues se ve a sí mimo a la Luz de la Ley y va al Evangelio, a la justificación por gracia, por medio de la fe. Pero Roma (y la teología neopentecostal) dice que aquí se habla de un hombre irregenerado. No hay un sólo tratado de los pentecostales o carismáticos "que caiga del lado de la Reforma". La antropología bíblica pentecostal es idéntica a la de los romanistas.

Concluímos, pues, que en tres grandes áreas: a) soteriología; b) pneumatología y c) antropología, el neopentecostalismo se distancia de la Fe luterana;
pero en todos los casos concuerda con la teología católico-romana. Esto se evidencia en la adoración entusiasta (el papado, dice Lutero, es puro entusiasmo y lo lleva escrito en el arca de su pecho), y aún en las músicas e himnos y "alabanzas" del Movimiento, que hablan todas "de la obra de Cristo en mí", de "mi transformación", y así por el estilo.
Queremos decir también con claridad que en esta monografía no se pretende hacer una apología de las iglesias protestantes ortodoxas, especificamente las luteranas.

Sería posible admitir que a ellas se aplican muy bien las palabras del Señor al Mensaje a las iglesias de Efeso y Sardis. Es cierto que necesitan el fuego y el reavivamiento. Pero este reavivamiento les sobrevendrá por medio de la fervorosa y valiente predicación en su seno del gran tesoro del Evangelio redescubierto por Lutero y los reformadores: la Sola Gracia, el Sólo Cristo, la Sola Fe, la Doctrina de la justificación sola. Queremos afirmar también que hay mucha gente valiosa y con fe salvadora entre nuestros amigos pentecostales, y que de ellos, sin duda, habrá elementos positivos para reconsiderar y valorar. Sin embargo, como luteranos, y entre aquellos que fuimos llamados al oficio santo de la Palabra, debemos recordar que nuestro deber bíblico es proclamar que el Señor tiene algo mucho más importante para la gente que un "evangelio" de egocentrismo religioso: Y esto importante no es sino la verdad objetiva del Evangelio Eterno, la Palabra de Cristo y sus apóstoles en el Nuevo Testamento -una verdad que transita por toda la Escritura. Levantamos con convicción definitiva el poderoso estandarte de la Reforma, aquella Serpiente de Metal que proclama que la gracia que obró y obra fuera y por encima nuestro es infinitamente mayor y debe recibir el énfasis sobre la gracia que opera dentro de nosotros. La santificación no es otra cosa -y no es nada menos- que ir cada día a los pies del Calvario y decir las palabras de aquel publicano: Señor Jesucristo, ten misericordia de mi, pecador. Só1o así, siempre pecadores, siempre penitentes, siempre declarados justos, podremos vivir sólo para Dios y servirle en inocencia, bienaventuranza y justicia. Amén.

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